El periódico ABC de Sevilla publicaba un especial a Sanlúcar
de Barrameda, el 31 de mayo del año 1973, en el que se incluye
el artículo Imprenta y periodismo en
Sanlúcar de Barrameda de Guillermo Díaz Cuevas,
que reproduzco a continuación.
Un insigne escritor ha expresado
que la cultura del humanismo en la Baja Andalucía oscilaba según los movimientos pendulares de los impresores
que con sus trebejos a cuestas, a modo
de cómico de la legua de la artesanía gráfica, recorrían sus pueblos en busca
de autores. La situación de Sanlúcar, allá por mil quinientos, debió ser muy
atractiva para estos trajinantes de las prensas, y aún parea los que algo
después, cansados del ajetreo de los caminos, se hacían sedentarios, debido al
auge del surgidero de Barrameda, como antepuerto de Sevilla, en los primeros
años de la colonización americana. Con las armas caminaban conjuntamente la
religión y las letras. Por esa época,
las principales órdenes misioneras establecieron noviciados en Sanlúcar,
dedicados a preparar en régimen de urgencia a los evangelizadores del Nuevo
Continente.
A uno de estos talleres de
emergencia se debe posiblemente la primera impresión conocidas en estas
tierras; un extraño libro de esgrima titulado “De la filosofía de las armas de
su destreza y de la agresión y defensión cristiana”, del maestro don Jerónimo
de Carranza, caballero del Hábito de Cristo, gobernador de Honduras en 1589.
Diez años antes se encontraba en ya en Sanlúcar, pendiente de que por la
Chancillería de Granada se declarase su hidalguía.
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Guillermo Díaz Cuevas |
A esta situación privilegiada de
Sanlúcar, a principios del XVI, se debe el hecho curioso de que aquí se
establecieran las primeras imprentas conocidas en la provincia de Cádiz. Entre
los raros ejemplares de esta época se encuentran las primeras ediciones de las
obras de Pedro Espinosa, impresas por Fernando Rey en 1625. Allá por 1642,
aparece un Diego Pérez de Esturpiñán, trajinante de la letra impresa aquí como
en Sevilla, Jerez o Trigueros, donde había editado “Magia natural o ciencia de
la filosofía oculta”, un extraño libro de brujería, tan inocente que pudo
salvar el escollo de la Inquisición.
El período trashumante de las
Artes Gráficas en Sanlúcar quedó felizmente terminado en 1763, al nombrar el
Cabildo como impresor mayor de la ciudad
a don Manuel Barbieri, a quien premiaba la prometida firmeza de su
asentamiento, con la concesión de toda clase de trabajos oficiales del
Ayuntamiento, Diputaciones y Juzgados.
La tradición impresora de
Sanlúcar no se ha interrumpido desde entonces. Port 1821 el culto a la letra de
molde anuda aquí la actividad informativa. En
ese año apareció El Periódico Patriótico,
titulo muy del gusto de la época constitucional que se iniciaba y del que sólo
aparecieron nueve números. Este fue, sin
embargo, el fermento de una constante periodística que abierta en 1842 con la publicación de La Aurora del Betis, dirigido
por el jerezano don Pedro Carreri, e impreso en los talleres de Oña, ofrece
nada menos que cincuenta y cuatro títulos de órganos de información
general literaria o política sólo
en la segunda mitad del siglo XIX.
En la curiosa relación publicada
por don Eduardo Gutiérrez Enríquez en 1890, en
La Dinastía de Cádiz, puede comprobarse que en dicho año
aparecieron cinco: La Esperanza,
El Contribuyente, El Cronista, El
Anunciador y El Investigador, cifra que
fue superada en otros periodos no recogidos aquí para no cansar al lector.
Eran publicaciones casi todas de escasa
permanencia; tanto su abundancia como su fugacidad acredita el hecho general,
singularizado en Sanlúcar, de un pueblo que, después de una experiencia de
guerra, ensayaba la ideología de los vencidos;
estrenaba libertad de expresión y
no sabía usarla.
En la última década del siglo XIX
se registra una treintena de títulos, algunos de tipo humorístico,
en el frondoso florilegio de la
Prensa sanluqueña. Es quizás su época más fecunda, porque en todos los años
transcurridos del actual siglo sólo se registran veintiséis, a pesar del
notable crecimiento demográfico
experimentado. La superabundancia de expresión había pasado de una etapa de
gula a la prudencia cuaresma aconsejada
tras los primeros empachos. Discúlpeme el lector la cita de algunas cabeceras
de aquel decenio. En 1891 La Crónica Local, dirigida por Eduardo Gutiérrez
Enríquez; en 1892, El Censor Sanluqueño, por Hilario de Diego, inquieto
periodista que a lomos de la fluctuante política de partidos acaudilla una
media docena de títulos en cuarenta años de vida profesional; en 1893 La Voz de
Sanlúcar, por Manuel Sánchez Reina, y La Cotorra, por Jerónimo de Angulo; en
1894, La Prensa Moderna, por el presbítero don José Garrido Ruiz; en 1895, El
Heraldo, por José María Doménech Valdivia, y El Liberal, dirigido por José del
Castillo; en 1896, La Curda, dirigido por José del Río Puerto, pero inspirado
por el padre Garrido, y Sanlúcar, diario de noticias, de Joaquín López Barbadillo,
que pronto cambió las lides locales por otras de mayor rango en Madrid, donde
llegó a dirigir el suplemento literario Los lunes de El Imparcial, al
integrarse en la reacción del famoso rotativo; en 1897 aparecen El Conservador,
de Cardín Zapata, y El Tiempo, de José María Macías, una de las mejores plumas
de su época, cuya memoria enaltece un cuadro colocado en el Ateneo por
iniciativa de don Manuel Barbadillo.
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Joaquín López Barbadillo |
Buena parte de las publicaciones
del período comentado salieron de la tertulia que animaba en una florida casita
de la plaza Cabildo el padre Garrido, a quien algunos llamaban cariñosamente
“el cura de los gorgoritos” por el esplendor lírico con que solemnizaba el
prefacio. A esta tertulia concurrían, especialmente en verano, muchos
escritores nacionales de aquí pasaban temporada, siendo los más asiduos don
Mariano Pardo Figueroa, conocido por Doctor Thebussem y don Francisco Rodríguez
Marín, que aquí realizó buena parte de sus investigaciones sobre el poeta del
siglo XVII Pedro Espinosa, capellán del VIII Duque de Medina Sidonia. El
trasiego documental que efectuaba entonces le deparó descubrir el origen
sanluqueño del pintor Pacheco en el archivo parroquial de La O.
Las luchas políticas acrecentadas
en el primer tercio de este siglo proporcionan un agrio cariz a casi todos los
órganos de opinión citados, y a los muchos que por razones de brevedad no se
mencionan. Todos surgen y desaparecen coincidiendo con el turno vacilante de
los partidos con el turno vacilante de los partidos en la dirección del Municipio.
Se lanzan exclusivamente para apoyarlos o para destruirlos, si así convenía a
los designios de la ansiada vuelta al poder. Sin entrar en una discriminación
de características, que más participaban de enconos personales que de favores
ideológicos, solo un periódico de los aparecidos en el primer cuarto del siglo
actual mantuvo una línea independiente ajena a sus alternativas de la política.
Se llamaba Sanlúcar. Apareció el 2 de enero de 1905 y desapareció en 1938, poco
después del fallecimiento de su director, don Arbidio Pulet Pimentel. Era el
periódico de los adjetivos, tan prodigiosamente prodigados que, frente a ellos,
se rendía el más resistente suscriptor. Quizá por su contenido amable, muchos
lectores declinaban su nombre al diminutivo, en un tono difícil de decidir si
era despectivo o cariñoso. No es este
lugar adecuado para hacer distinciones de carácter literario. Aquel periódico
se fijó una finalidad y utilizó unos medios que precisamente por ser amorfos le
permitieron subsistir más de treinta años en un duro periodo de guerra impresa
en que todos sus oponentes fracasaban y se hundían. En el Sanlúcar, el duende
del disparate, que ronda siempre en torno a la letra impresa, se mostraba tan
familiar que raro era el día en que no realizaba alguna de sus quizás
involuntarias o quizás provocadas travesuras. Melitón González, en ABC de
Madrid, se cansó de registrarlas. El comentario de Las cosas de Sanlúcar,
salpica aún de gracejo la fácil locuacidad de muchas tertulias. De todas las
críticas, quizás baste para suavizarlas
el razonamiento de que cuando los instrumentos de difusión no salvaban con la
rapidez con que lo hacen hoy el gran obstáculo de la distancia, aquel periódico
cumplía una labor informativa, limpia de agravios, que quizás hacía sonreír a
los de dentro, pero aliviaba de nostalgia a los de fuera.
El intento más serio, luego
malogrado a medias por la política y las dificultades económicas, fue el
realizado en 1909, al aparecer en la imprenta de su título, calle Sagasta, 16,
La Voz de Sanlúcar, periódico de amplio formato que reunió las mejores plumas y
que desenvolvía una información de contornos ajustados a la realidad, sin concesiones a la adulación. En tono
menor, no sólo por su tamaño, sino también por su periodicidad, tuvo parecida
línea de actuación al último mencionado, El profeta, aparecido en 1913, bajo la
inspiración de don José María Domenech Valdivia, y que con posterioridad dirigió don Manuel de
Garaña, sosteniendo una fecunda campaña literaria e informativa durante más de
veinte años.
La penúltima generación de
escritores sanluqueños se agrupó en torno a La Chispa, periódico aparecido en 1926, donde se
reflejan, dentro de la órbita local, las
inquietudes que agitaban la vida española en un período ligeramente precursor
de las graves conmociones parecidas en los años treinta.
El carácter esquemático de estos
comentarios impide dar cuenta de muchos periódicos y periodistas sanluqueños.
Pero, por justicia o por gratitud, se
debe citar, al menos, a don Rafael Garrido Castro, que por 1924, dirigió La
Información, ensayando un periodismo
jugoso de iniciativas y reportajes; a don Alejandro Zambrano, que en su revista
Albricias propagó las bellezas artísticas de la ciudad, y a don
Diego Pérez – Tort, investigador
infatigable, en cuyos pacientes trabajos
tienen su fuente buena parte de las noticias que integran este capítulo de
pequeña historia.
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Agustín Macías Galerín |
Y para cerrar estas notas vamos a
destacar a dos periodistas de origen sanluqueño que alcanzaron notorio relieve en la Prensa regional. Vaya
en primer lugar, siquiera sea por su proximidad en el tiempo, don Agustín López
Macías, que popularizó en El Liberal de Sevilla el pseudónimo de
Galerín al pie de relatos cortos, de
notas coloristas, realzadas con abundantes rasgos de humor, y
seguidamente a don Teodomiro Fernández Aveño, de Sevilla, poco después de su fundación en 1849, donde
desarrolló una labor renovadora de las tendencias entonces predominantes, haciendo derivar a éste y a
otros periódicos, a los que extendió su pluma hacia la divulgación y la
miscelánea. La próxima celebración de las fiestas primaverales sanluqueñas en
su nuevo emplazamiento de la Calzada,
incita a recordar reiteradamente a ese último escritor que, nacido en
Sanlúcar en 1826, fue el primer
pregonero de la principal fiesta hispalense al estrenar en 1850 su
opereta en dos actos La Feria de Sevilla. La obra comienza cantando uno de sus
personajes:
Viva la Feria
viva Sevilla
viva la gente de buen humor
corran las cañas de manzanilla
porque hoy es día de diversión.
¿No basta para reflejar entre Sanlúcar y Sevilla, principio y fin de la navegabilidad bélica,
una perfecta comunidad de costumbres, afanes y sentimientos?
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