domingo, 22 de septiembre de 2019

Imprenta y Periodismo en Sanlúcar de Barrameda


El periódico ABC  de Sevilla publicaba un especial a Sanlúcar de Barrameda, el 31 de mayo del año 1973, en  el que se incluye el  artículo Imprenta y periodismo en Sanlúcar de Barrameda de Guillermo Díaz Cuevas,  que reproduzco a continuación.
Un insigne escritor ha expresado que la cultura del humanismo en la Baja Andalucía oscilaba según  los movimientos pendulares de los impresores que con sus trebejos a cuestas, a  modo de cómico de la legua de la artesanía gráfica, recorrían sus pueblos en busca de autores. La situación de Sanlúcar, allá por mil quinientos, debió ser muy atractiva para estos trajinantes de las prensas, y aún parea los que algo después, cansados del ajetreo de los caminos, se hacían sedentarios, debido al auge del surgidero de Barrameda, como antepuerto de Sevilla, en los primeros años de la colonización americana. Con las armas caminaban conjuntamente la religión y las letras. Por esa época,  las principales órdenes misioneras establecieron noviciados en Sanlúcar, dedicados a preparar en régimen de urgencia a los evangelizadores del Nuevo Continente.
A uno de estos talleres de emergencia se debe posiblemente la primera impresión conocidas en estas tierras; un extraño libro de esgrima titulado “De la filosofía de las armas de su destreza y de la agresión y defensión cristiana”, del maestro don Jerónimo de Carranza, caballero del Hábito de Cristo, gobernador de Honduras en 1589. Diez años antes se encontraba en ya en Sanlúcar, pendiente de que por la Chancillería de Granada se declarase su hidalguía.
Guillermo Díaz Cuevas
A esta situación privilegiada de Sanlúcar, a principios del XVI, se debe el hecho curioso de que aquí se establecieran las primeras imprentas conocidas en la provincia de Cádiz. Entre los raros ejemplares de esta época se encuentran las primeras ediciones de las obras de Pedro Espinosa, impresas por Fernando Rey en 1625. Allá por 1642, aparece un Diego Pérez de Esturpiñán, trajinante de la letra impresa aquí como en Sevilla, Jerez o Trigueros, donde había editado “Magia natural o ciencia de la filosofía oculta”, un extraño libro de brujería, tan inocente que pudo salvar el escollo de la Inquisición.
El período trashumante de las Artes Gráficas en Sanlúcar quedó felizmente terminado en 1763, al nombrar el Cabildo como impresor mayor de la  ciudad a don Manuel  Barbieri, a  quien premiaba la prometida firmeza de su asentamiento, con la concesión de toda clase de trabajos oficiales del Ayuntamiento, Diputaciones y Juzgados.
La tradición impresora de Sanlúcar no se ha interrumpido desde entonces. Port 1821 el culto a la letra de molde anuda aquí la actividad informativa. En  ese  año apareció El Periódico Patriótico, titulo muy del gusto de la época constitucional que se iniciaba y del que sólo aparecieron  nueve números. Este fue, sin embargo, el fermento de una constante periodística que abierta en 1842 con la  publicación de La Aurora del Betis, dirigido por el jerezano don Pedro Carreri, e impreso en los talleres de Oña, ofrece nada menos que cincuenta y cuatro títulos de órganos de  información  general literaria o política sólo  en la segunda  mitad del  siglo XIX.
En la curiosa relación publicada por don Eduardo Gutiérrez Enríquez en 1890, en  La Dinastía de Cádiz, puede comprobarse que en dicho  año  aparecieron cinco:  La Esperanza, El Contribuyente, El Cronista,  El Anunciador y El Investigador,  cifra que fue superada en otros periodos no recogidos aquí para no cansar al lector. Eran  publicaciones casi todas de escasa permanencia; tanto su abundancia como su fugacidad acredita el hecho general, singularizado en Sanlúcar, de un pueblo que, después de una experiencia de guerra,  ensayaba la ideología de  los vencidos;  estrenaba libertad de  expresión y no sabía usarla.
En la última década del siglo XIX se registra una treintena de títulos, algunos de tipo  humorístico,  en  el frondoso florilegio de la Prensa sanluqueña. Es quizás su época más fecunda, porque en todos los años transcurridos del actual siglo sólo se registran veintiséis, a pesar del notable  crecimiento demográfico experimentado. La superabundancia de expresión había pasado de una etapa de gula a la  prudencia cuaresma aconsejada tras los primeros empachos. Discúlpeme el lector la cita de algunas cabeceras de aquel decenio. En 1891 La Crónica Local, dirigida por Eduardo Gutiérrez Enríquez; en 1892, El Censor Sanluqueño, por Hilario de Diego, inquieto periodista que a lomos de la fluctuante política de partidos acaudilla una media docena de títulos en cuarenta años de vida profesional; en 1893 La Voz de Sanlúcar, por Manuel Sánchez Reina, y La Cotorra, por Jerónimo de Angulo; en 1894, La Prensa Moderna, por el presbítero don José Garrido Ruiz; en 1895, El Heraldo, por José María Doménech Valdivia, y El Liberal, dirigido por José del Castillo; en 1896, La Curda, dirigido por José del Río Puerto, pero inspirado por el padre Garrido, y Sanlúcar, diario de noticias, de Joaquín López Barbadillo, que pronto cambió las lides locales por otras de mayor rango en Madrid, donde llegó a dirigir el suplemento literario Los lunes de El Imparcial, al integrarse en la reacción del famoso rotativo; en 1897 aparecen El Conservador, de Cardín Zapata, y El Tiempo, de José María Macías, una de las mejores plumas de su época, cuya memoria enaltece un cuadro colocado en el Ateneo por iniciativa de don Manuel Barbadillo.
Joaquín  López Barbadillo
Buena parte de las publicaciones del período comentado salieron de la tertulia que animaba en una florida casita de la plaza Cabildo el padre Garrido, a quien algunos llamaban cariñosamente “el cura de los gorgoritos” por el esplendor lírico con que solemnizaba el prefacio. A esta tertulia concurrían, especialmente en verano, muchos escritores nacionales de aquí pasaban temporada, siendo los más asiduos don Mariano Pardo Figueroa, conocido por Doctor Thebussem y don Francisco Rodríguez Marín, que aquí realizó buena parte de sus investigaciones sobre el poeta del siglo XVII Pedro Espinosa, capellán del VIII Duque de Medina Sidonia. El trasiego documental que efectuaba entonces le deparó descubrir el origen sanluqueño del pintor Pacheco en el archivo parroquial de La O.
Las luchas políticas acrecentadas en el primer tercio de este siglo proporcionan un agrio cariz a casi todos los órganos de opinión citados, y a los muchos que por razones de brevedad no se mencionan. Todos surgen y desaparecen coincidiendo con el turno vacilante de los partidos con el turno vacilante de los partidos en la dirección del Municipio. Se lanzan exclusivamente para apoyarlos o para destruirlos, si así convenía a los designios de la ansiada vuelta al poder. Sin entrar en una discriminación de características, que más participaban de enconos personales que de favores ideológicos, solo un periódico de los aparecidos en el primer cuarto del siglo actual mantuvo una línea independiente ajena a sus alternativas de la política. Se llamaba Sanlúcar. Apareció el 2 de enero de 1905 y desapareció en 1938, poco después del fallecimiento de su director, don Arbidio Pulet Pimentel. Era el periódico de los adjetivos, tan prodigiosamente prodigados que, frente a ellos, se rendía el más resistente suscriptor. Quizá por su contenido amable, muchos lectores declinaban su nombre al diminutivo, en un tono difícil de decidir si era despectivo o cariñoso.  No es este lugar adecuado para hacer distinciones de carácter literario. Aquel periódico se fijó una finalidad y utilizó unos medios que precisamente por ser amorfos le permitieron subsistir más de treinta años en un duro periodo de guerra impresa en que todos sus oponentes fracasaban y se hundían. En el Sanlúcar, el duende del disparate, que ronda siempre en torno a la letra impresa, se mostraba tan familiar que raro era el día en que no realizaba alguna de sus quizás involuntarias o quizás provocadas travesuras. Melitón González, en ABC de Madrid, se cansó de registrarlas. El comentario de Las cosas de Sanlúcar, salpica aún de gracejo la fácil locuacidad de muchas tertulias. De todas las críticas,  quizás baste para suavizarlas el razonamiento de que cuando los instrumentos de difusión no salvaban con la rapidez con que lo hacen hoy el gran obstáculo de la distancia, aquel periódico cumplía una labor informativa, limpia de agravios, que quizás hacía sonreír a los de dentro, pero aliviaba de nostalgia a los de fuera.
El intento más serio, luego malogrado a medias por la política y las dificultades económicas, fue el realizado en 1909, al aparecer en la imprenta de su título, calle Sagasta, 16, La Voz de Sanlúcar, periódico de amplio formato que reunió las mejores plumas y que desenvolvía una información  de  contornos ajustados a la realidad,  sin concesiones a la adulación. En tono menor, no sólo por su tamaño, sino también por su periodicidad, tuvo parecida línea de actuación al último mencionado, El profeta, aparecido en 1913, bajo la inspiración de don José María Domenech Valdivia,  y que con posterioridad dirigió don Manuel de Garaña, sosteniendo una fecunda campaña literaria e informativa durante más de veinte años.
La penúltima generación de escritores sanluqueños se agrupó en torno a La Chispa,  periódico aparecido en 1926, donde se reflejan, dentro de la órbita  local, las inquietudes que agitaban la vida española en un período ligeramente precursor de las graves conmociones parecidas en los años treinta.
El carácter esquemático de estos comentarios impide dar cuenta de muchos periódicos y periodistas sanluqueños. Pero,  por justicia o por gratitud, se debe citar, al menos, a don Rafael Garrido Castro, que por 1924, dirigió La Información, ensayando un  periodismo jugoso de iniciativas y reportajes; a don Alejandro Zambrano, que en su revista Albricias propagó  las  bellezas artísticas de la ciudad, y a don Diego Pérez – Tort,  investigador infatigable, en  cuyos pacientes trabajos tienen su fuente buena parte de las noticias que integran este capítulo de pequeña historia.
Agustín  Macías  Galerín
Y para cerrar estas notas vamos a destacar a dos periodistas de origen sanluqueño que alcanzaron  notorio relieve en la Prensa regional. Vaya en primer lugar, siquiera sea por su proximidad en el tiempo, don Agustín López Macías, que popularizó en El Liberal de Sevilla el  pseudónimo de  Galerín al pie de relatos cortos, de  notas coloristas, realzadas con abundantes rasgos de humor, y seguidamente a don Teodomiro Fernández Aveño, de Sevilla,  poco después de su fundación en 1849, donde desarrolló una labor renovadora de las tendencias entonces  predominantes, haciendo derivar a éste y a otros periódicos, a los que extendió su pluma hacia la divulgación y la miscelánea. La próxima celebración de las fiestas primaverales sanluqueñas en su nuevo emplazamiento de la Calzada,  incita a recordar reiteradamente a ese último escritor que, nacido en Sanlúcar en 1826, fue el primer  pregonero de la principal fiesta hispalense al estrenar en 1850 su opereta en dos actos La Feria de Sevilla. La obra comienza cantando uno de sus personajes:
Viva la Feria
viva Sevilla
viva la gente de buen humor
corran las cañas de manzanilla
porque hoy es día de diversión.
¿No basta  para reflejar entre Sanlúcar y Sevilla,  principio y fin de la navegabilidad bélica, una perfecta comunidad de costumbres, afanes y sentimientos?

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