martes, 7 de enero de 2014

José Bernal "El Paito"



El periódico Abc del día 11 de diciembre del año 1965 publicaba la siguiente noticia firmada por Eduardo Domínguez Lobato:

Ha muerto “El Paito”

José Bernal “El Paito” ha muerto. Sobre la fatal noticia – que nos llega así, en unas palabras escuetas, con estremecedor laconismo – resalta el hecho de que desaparece uno de los más pintorescos personajes sanluqueños de los últimos tiempo. El Paito era un hombre extraño, asombroso, desconcertante. Uno de esos raros seres imprevisibles y divertidos, capaz de colorear con su mera presencia la monotonía ciudadana.
Andaba ya por los setenta y hacía unos años que echábamos de menos su irrenunciabla apostura veraniega: sombrero de ala ancha, clavelón rojo en la solapa, varita mimbreña bajo el brazo y aquel andar marchoso acompasado a no sabemos qué presentido pasodoble torero. Porque en fin de cuentas, la existencia de El Paito no fue otra cosa que un andar frenético, obcecado y anárquico – salpicado de aventuras, trapisondas y lances inconcebibles – tras el espejismo del triunfo y la gloria en los alberos taurinos. Le cupo, al menos, la ventaja de justificarse plenamente ante si mismo: siempre se tuvo y se mantuvo por primera figura indiscutible. Y, además, el consuelo de que audacia, decisión y valor no le faltaron. En su quijotismo integral dio siempre por buenos  cuantos medios, imaginables e inimaginables – por disparatados que fuesen – le propusieron como reclamo publicitario.
Y , por otra parte, luego de luchar a brazo partido con los toros, cualquier sistema era válido – siempre espada en mano y entrando de frente – para terminar con el bicho. Y así vivió feliz, a su manera, en un mundo de irrealidades y fantasías, donde lo descabellad y lo absurdo tomaron carta de naturaleza hasta extremos inconcebibles. Sus dichos y sus hechos, sus golpes inesperados, corrieron de boca en boca. Un día, con el periódico al revés – no sabía leer – viendo un barco boca abajo, comentó en voz alta: “Ojú, que vendavá”.
Pero, como ocurre a menudo, El Paito ignoraba, o desdeñaba, sus verdaderos méritos. Fuerte como una roca, era un consumado derribador de reses. Cuando alguna vaca bandeña se plantaba guapamente en la marisma, agotados todos los recursos, allá iba El Paito, con su compadre El Hormiga, rompiendo agua y fango, a derribarla, amarrarla y traérsela, cogido uno por un cabo. Algo épico, pasmoso. Pero José Bernal jamás hablaba de esto. Hablaba y dogmatizaba sobre faenas y estilos toreros, situándose en la fuente de todas las escuelas. A grandes voces, a carcajada sana, a ocurrencia insospechada.
Creemos que el fundamento de su innegable popularidad es, ante todo y por encima de todo, su hombría de bien. Fue bronco y rudo, pero noble, abierto, cordial y caballero a su modo. Casi nadie le dio luces y si le clavaron, en cambio, alguna que otra espina.
Ha muerto en Cádiz y en noviembre, humildemente, en un hospital, destrozada su fortaleza de roble. Seguramente no le habrá faltado el calor de unas manos amigas. Se lo tenía ganado José Bernal “El Paito”. Y descansar en la paz de los justos. 


La única foto que he podido encontrar de El Paito fue publicada por La Unión Ilustrada el 18 octubre 1925, en ella aparece a caballo, porque parece que también rejoneaba.
La reseña de la novillada en Sanlúcar de Barrameda corresponde a la revista La Fiesta Brava, del 18 mayo 1918.




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