martes, 28 de enero de 2014

Agustín López Macías "Galerín"

Artículo escrito por Joaquín Romero Tallafigo

Agustín Macías Galerín
Pasear por las calles de Sanlúcar es como viajar en el tiempo por su historia más o menos reciente. Así en la Barriada de Jesús Nazareno —nombre entrañable para muchos sanluqueños— depara la agradable sorpresa de ver rotulada una de sus calles como "Periodista Galerín". Así de sencillo: periodista.
El barrio marinero de Bajo de Guía lo vio nacer; pero su padre fue uno de los infortunados marineros que un día dejó la playa de Sanlúcar para no volver a pisarla más.
Así nos encontramos a Agustín que se traslada a Sevilla en 1885, donde su madre ha encontrado trabajo como cocinera. El mismo comienza a trabajar como aprendiz de impresor.
Es a partir de 1915 cuando empieza a publicar en "EL LIBERAL" unas crónicas veraniegas que envía desde Sanlúcar, crónicas que se repiten año tras año. En ellas aparece su fino humor, su gracia que sale del papel y se prolonga en las tertulias nocturnas, entre unas copas de manzanilla olorosa, como él mismo gusta de nombrarla.
Cuando llega agosto. Galerín describe la animación del muelle, donde el "Cádiz" recibe más y más pasajeros, mujeres y niños que "piensan en las playas, en las olas, en la arena". Desde el simpático vaporcito, que va hacia la playa de Sanlúcar en busca de más fresco, la mamá y los niños despiden al papá, que se "queda aquí el pobre pasando más calor que un fogonero".
Estamos en 1919, y Galerín pasea por la Calzada. Su humor picante le hace fijarse en la moda veraniega. El "jersey" es la prenda de "abrigo de verano". "¡Lo que inventan! Por la noche se ven muchos en la Calzada, y van sus dueñas la mar de guapetones con la malla encima de las finísimas telas veraniegas". O cuando reniega de los bañadores, que "la que va para el baño con un traje de estos le importa un comino que la miren. No se le ve nada".
"No se debieran perder, porque se causa un desavío muy grande. Hemos encontrado una carta en plena Calzada". Y de la pluma del cronista veraniego van saliendo pinceladas costumbristas. Desde el habla popular, "Isabé", "no te se olvide", "los niños juegan la má", hasta los detalles más sencillos del veraneo sevillano en Sanlúcar con sus visitas al castillo, a las Piletas y la recogida de caracolillos. Y la coletilla final de la mujer harta de niños, "yo estoy de veraneo hasta el pelo. Cuando nos hayamos dado los sesenta baños nos ¡remos, que estoy deseando ver cómo andas tú por ahí". Y el Rodríguez de turno se queja en un gracioso "congreso" de los denunciadores que cargan a otros lo que ellos hacen en el agosto sevillano:
— Pues eso no debe ocurrir. Un rato de expansión...
Una mañana de agosto el periodista pasea por la playa, "primera de nuestro arribo al simpatiquísimo pueblo de la manzanilla olorosa y de las viudas guapas, a este pueblo donde viéramos la luz primera, única "luz" que hemos sacado de él, y a donde volvemos todos los veranos a dejar la "luz".
Los sevillanos que veranean aquí son de clase modesta, "los ricos veranean en Biarritz o en San Sebastián", dice no sin cierta ironía el cronista. Pero esa clase social no ahorra, en boca de las mujeres que toman el sol en la orilla, mentiras deliciosas:
"La conversación se anima por momentos:
— ¿Usté tiene algo en Sevilla, doña Lola?
  Mi marido, hija, ¿le parece a usted poco?
— No, si le preguntamos qué industria.
— ¡Ah!, ninguna hija. Mi marido esta en una oficina y nos manda a los baños para que lo dejemos una temporada tranquilo.
— Anoche comimos nosotros en Miramar. Vino papá y nos llevó a todos. No se puede, hija, repetir eso porque sale caro. ¡Somos tantas!.
— ¿Caro? Pues nosotras comimos allí. Estamos abonafas.
— Pues yo no las vi a ustedes.
— Cuando ustedes salían llegamos nosotras. Amorzamos en los Cisnes y comemos allí.
Ni siquiera una está mal. Todas son ricas. Si a una la convidaron a una bodega, la de su lado estuvo en tres. Si fue al teatro la amiga, la otra dice que tiene el cine en casa.
En la playa no hay nadie pobre. Nosotros no nos quedamos atrás. A una que nos preguntó le dijimos que vivíamos en el chalet de Villamarta, y se quedó... como nosotros, tan fresca.
La ironía, el humor, el gracejo popular afloran en cada una de estas estampas veraniegas, dignas de Larra, Estébanez o Mesonero.
Ya en la década de los treinta, con los nuevos vientos políticos y sociales Galerín constata, no sin cierta ironía la evolución de las costumbres, del pequeño código moral playero:
"Ya no hay que hablar en Sanlúcar de playa pueblerina. Las muchachas se bañan en "maillot". Junto a nuestra mesa, en un Miramar muy limpio, muy florido, con sus jaulas de canarios, y su gramola combinada con la radio, ha tomado asiento un grupo de jóvenes atléticos que no llevaba más ropa que el bañador".
El 1 7 de julio de 1936 salió el último número de "Er Libera". Con su desaparición la pluma de Galerín se secó, y sólo Agustín López le sobrevivió algunos años en el olvido. La calle de Sanlúcar que lleva su nombre es el homenaje mudo, pero permanente del pueblo en que "vio la luz".

No hay comentarios: