lunes, 29 de febrero de 2016

Sobre Luis de Eguilaz

El 29 de febrero del año 1936, la revista Algo, en su sección titulada Pequeñas Biografías de Españoles del Siglo XIX, publica el artículo que transcribo, dedicado al sanluqueño Luis de Eguilaz:

A mediados del siglo pasado había en Madrid un café llamado de “La Iberia”, con entradas por la Carrera de San Jerónimo y la calle de los Gitanos (hoy Arbalán), al que concurría el poeta y autor dramático Luis de Eguilaz, como elemento asiduo de una animada tertulia literaria.
Aunque había nacido en el sur de España (en Sanlúcar de Barrameda, en 1830) era hijo de una familia del norte, de noble origen, pero en precaria situación.
Se había trasladado a Madrid con el propósito de estudiar la carrera de leyes y asegurarse con ella un porvenir que al mismo tiempo salvara la difícil situación de la familia, pero este empeño había de encontrar el obstáculo de una vocación íntima, congénita, imposible de torcer, que sería al fin la que trazaría su camino.
La primera muestra de estas aficiones la había dado en Jerez de la Frontera cuando sólo contaba catorce años, con el estreno de una comedia titulada Por dinero baila el perro, que era un feliz presagio de sus futuros triunfos.
Una vez en Madrid, siguió dejándose llevar de aquella vocación irresistible, y su madre, mujer culta e inteligente, fue la primera en estimar el talento literario y poético de su hijo y le alentó a dedicarse seriamente a la carrera de las letras.
Ni qué decir tiene que esta decisión trajo a la familia días muy difíciles pero al fin, gracias a la protección del escritor Eugenio Ochoa, consiguió que Joaquín Arjona le estrenara Verdades amargas, primera obra importante de Eguilaz, que obtuvo un gran éxito y que situó inmediatamente a su autor entre los primeros de su tiempo.
Eguilaz era un muchacho de recia voluntad, pero de salud débil, reconcentrado y melancólico y con un hermoso corazón, del que se aprovechó más de un desaprensivo.
Todas las tardes, después de comer, Eguilaz iba a tomar café a “La Iberia”, acompañado de su más íntimo amigo, Diego Luque, y aquella hora que él se proponía fuera de descanso no solía serlo, pues rara era la tarde que no se le presentaba un autor desconocido, con su obra debajo del brazo.
El propósito de los visitantes era siempre el mismo: que Eguilaz escuchara la lectura de la comedia, y aunque alguna vez los noveles autores se salían con la suya, lo más frecuente era que el maestro se librara de ellos dándoles una recomendación para cualquier empresario amigo.
Lo que no ocurrió nunca fue que aquel hombre generoso, siempre amable y correcto, dejara de atender a los aspirantes a autores y no les diera, con la recomendación, un apretón de manos y unas palabras de aliento.
Como hemos dicho, más de un desaprensivo abusó de su magnanimidad.
Un día, hallándose necesitado de dinero, una necesidad apremiante, pues no tenía, ni en el bolsillo ni en casa, un solo céntimo, se dirigió al Teatro del Príncipe, donde aquel mes se habían dado varias representaciones de obras suyas, con la demanda de que le liquidasen sus derechos.
El contador accedió de buen grado y, mientras éste hacia la liquidación, se acercó a Eguilaz un joven, al que no recordaba haber visto nunca, pero a cuyo saludo correspondió con su habitual afabilidad.
Se marchó el joven y cuando, momentos después, salía Eguilaz del teatro con el producto de la liquidación en el bolsillo, el desconocido le salió al encuentro y, con lágrimas en los ojos, le contó un drama de familia que parecía un capítulo de novela por entregas, incluso le mostró un revólver con el que dijo que iba a suicidarse. Cinco hijos tenía en casa sin un pedazo de pan que llevarse a la boca.
—No pido nada para mí, don Luis - terminó trágicamente el joven - , que muy pronto habré dejado este mundo. Vaya usted a socorrer a mi mujer y a mis hijos: para ellos sí que no vacilo en hacer una llamada a su generoso corazón. Vaya usted mismo y verá el cuadro más angustioso que haya podido ver en su vida.
Pero aquel redomado bribón y experto sablista sabía muy bien que Eguilaz, con su carácter retraído, no iría a aquella casa, que sólo existía en su imaginación. Y también estaba seguro de que don Luis acabaría por creerle y darle dinero.
Así fue, en efecto. Eguilaz no quiso ver el “angustioso cuadro” y se llevó la mano al bolsillo para entregar al farsante todo lo que acababa de cobrar en la contaduría del Teatro del Príncipe.
Y aquella misma tarde tuvo que recurrir a un adelanto para cubrir sus más apremiantes necesidades.
Así era Eguilaz: un hombre tan bueno que a veces caía en la candidez.
Al éxito de Verdades amargas siguieron otros más definitivos aún. Uno de ellos fue el de La cruz del matrimonio, obra que fue acogida con un clamor de entusiasmo cuando se estrenó en Variedades en 1861. Tantas noches consecutivas se representó que, a fines de enero del año siguiente, decía El museo universal:
¿Nos querrán ustedes decir hasta cuándo va a durar La cruz del matrimonio en Variedades?. No será, suponemos, hasta el aniversario de la crucifixión del Señor.
La vaquera de la Finojosa y Grazalema son también de lo mejor de Eguilaz, así como, las zarzuelas El molinero de Subiza y El salto del Pasiego.
Joven aún, a los cuarenta y cuatro años de edad, una grave enfermedad le llevó a la tumba.
Eguilaz se distinguió por la corrección de sus versos, la humanidad de sus personajes y la naturalidad que sabia imprimir al desarrollo de sus obras.

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